Fue como si
después de tantos años de familiaridad con la muerte, después de tanto
combatirla y manosearla por el derecho y el revés, aquella hubiera sido la
primera vez en que se atrevió a mirarla a la cara, y también ella lo estaba
mirando. No era el miedo de la muerte. No: el miedo estaba dentro de él desde
hacía muchos años, convivía con él, era otra sombra sobre su sombra, desde una
noche en que se despertó turbado por un mal sueño y tomó conciencia de que la
muerte no era sólo una probabilidad permanente, como lo había sentido siempre,
sino una realidad inmediata.